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Estrategias de Retencion de Miembros para la Iglesia Central

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Estrategia de Comunicación para Campaña «Lencas que Inspiran»

Campaña conceptualizada, creación de estrategia de comunicación y diseño de materiales para el Programa Conjunto Ruta Lenca de Onu Mujeres.

Estrategia de Comunicación para Campaña «Lencas que Inspiran»

Published on Aug 23, 2020

Campaña conceptualizada, creación de estrategia de comunicación y diseño de materiales para el Programa Conjunto Ruta Lenca de Onu Mujeres.

Estrategia HCH in Estrategias Compartidas por los Miembros

Vivir en modo acompañamiento

Itinerario 2: Acompañamiento

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Covadonga Orejas. Equipo Ruaj

Introducción

“En una civilización paradójicamente herida de anonimato y, a la vez obsesionada por los detalles de la vida de los demás, impudorosamente enferma de curiosidad malsana, la Iglesia necesita de la mirada cercana para contemplar, conmoverse y detenerse ante el otro, cuantas veces sea necesario. En este mundo los ministros ordenados y los demás agentes pastorales pueden hacer presente la fragancia de la presencia cercana de Jesús y su mirada personal. La Iglesia tendrá que iniciar a sus hermanos – sacerdotes, religiosos y laicos- en este “arte del acompañamiento”, para que todos aprendan siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro (Ex 3,5). Tenemos que darle a nuestro caminar el ritmo sanador de la projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana”. (EG, 169)

Todo lo que ofrecemos es fruto del estudio y reflexión compartida en nuestro Equipo Ruaj[1], a partir del estudio y la práctica del acompañamiento mismo, acompañando y siendo acompañados durante más de tres décadas, en múltiples contextos.

La mediación de Acompañamiento es indispensable hoy para crecer, vivir y convivir en inclusión y como gran familia presidida por ese Dios – Presencia misteriosa que siempre acompaña (cf. Lc 24). No podemos tomarlo como una moda, ni llamar a todo acompañamiento. El Acompañamiento existe desde siempre. En la situación actual, lo redescubrimos con mayor fuerza y necesidad.

Estos son los mensajes clave de nuestra exposición:

  • La posibilidad de acompañar es para todos/as, no está reservada a unos pocos/as privilegiados. La posibilidad de acompañar está en el ADN de nuestro ser personas.
  • El acompañamiento. hoy en día es mediación privilegiada de evangelización. Ante la crisis de mediaciones y estructuras en nuestra Iglesia, la mediación del encuentro es indispensable para conocer a Jesús y vivir la vida contando con Dios.
  • Acompañar es ejercicio de inclusión, como no puede ser de otra manera entre aquellos que se saben hijos en el Hijo y hermanos/as en la gran familia humana.

El por qué y para qué del Acompañamiento

  • Porque la buena relación es indispensable para crecer, vivir y convivir en inclusión y como gran familia presidida por Dios- Presencia misteriosa que siempre acompaña (Mt 28, 20)

“Ser en relación” es elemento configurador de lo humano. “Somos desde los otros”. Y es, precisamente, desde la relación con los otros, desde donde aprendemos o no, a reconocer, y reconfigurar los límites propios y ajenos. Los otros son indispensables en este proceso.

El respeto a la dignidad humana y la inclusión piden vivir y convivir siendo buena compañía los unos para los otros. En nuestros contextos crecen cada vez más –con descaro o sutileza- las actitudes excluyentes.

  • Porque cuando contamos con el Espíritu todo puede redimensionarse en la vida (Rom 8,14-17). El posibilita una nueva manera de mirar, pensar, actuar.

El Acompañamiento es Espiritual cuando reconocemos al Espíritu como verdadero Acompañante. Desarrollar ese espacio es crecer hasta la plenitud (cf: Ef 4, 14-16). La presencia del Espíritu en nosotros/as va configurando:

Un nuevo modo de mirar. Cuando confesamos que el Espíritu habita cada corazón y en el corazón de la realidad, todo se nos aparece con más respeto.

Un nuevo modo de pensar. Unos a otros podemos reconocernos como “compañeros/as” equiparables (aunque diferentes) por la común dignidad que nos vincula en la Familia humana y en la Familia de fe.

Una nueva manera de actuar. Cuando vivimos en modo acompañamiento, salimos al encuentro y nos “descalzamos” con actitud de respeto ante la tierra sagrada de los otros/as al compartir lo que late de alegrías y sufrimientos en el cotidiano vivir.

  • Porque “en el ámbito del servicio a la misión evangelizadora los discípulos misioneros acompañan a los discípulos misioneros” (EG. 173)

Ejercer de hijos/as en el Hijo y hermanos/as entre nosotros/as es el distintivo de una fe confesante que se compromete con la vida, abiertos a la comunicación con todos los hombres y mujeres de la gran familia universal profesen la religión que profesen. Todo esto lo vivimos en el mutuo acompañamiento cuando salimos al encuentro y nos dejamos encontrar, ofreciéndonos el testimonio de nuestras búsquedas, alegrías y dificultades.

¿Para qué el acompañamiento espiritual hoy?

“Aunque suene obvio, el acompañamiento espiritual debe llevar más y más a Dios, en quien podemos alcanzar la verdadera libertad. Algunos se creen más libres cuando caminan al margen de Dios, sin advertir que se quedan existencialmente huérfanos, desamparados, sin un hogar donde retornar siempre. Dejan de ser peregrinos y se convierten en errantes, que giran siempre en torno a sí mismos sin llegar a ninguna parte. El acompañamiento sería contraproducente si se convirtiera en una especia de terapia que fomente este encierro de las personas en su inmanencia y deje de ser una peregrinación con Cristo hacia el Padre” (EG, 170)

Esta finalidad se concreta en otras que resultan profundamente útiles y necesarias en los ámbitos concretos en los que cada uno nos movemos. Resaltamos tres objetivos del acompañamiento espiritual.

  • Para llegar al crecimiento (1Tes 5,23)

La carta a Tesalonicenses recoge todo lo que nos configura como humanos. En ella, se nos invita a vivir como corresponde a auténticos creyentes en todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo.

Paolo Freire nos recordaba, hace años, el impulso a crecer del que estamos dotados los humanos. La práctica asidua del acompañamiento es una mediación inigualable para detectar hacia donde se orienta esa energía nuestra, cuáles son los derroteros que tomamos ante las diversas situaciones de la vida.

Acompañar en el crecimiento significa, entre otras cosas, que las personas desarrollen en lo posible, cuanto se les ha dado, que tomen decisiones lúcidas acordes con la vocación de cada uno y que las vivan con constancia y continua actitud de superación, aún en medio de las dificultades que la vida presenta.

  • Para anunciar a Jesús como Juan Bautista (Jn1)

“La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre (y a toda mujer). Vino a los suyos. A cuantos la recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les da poder para ser hijos de Dios” (1,9. 11a-12).

En la contemplación de este mensaje aprende Juan el arte de acompañar, lo que se le pide es dar a conocer a Jesús, Palabra revelada del Padre que, en su encarnación y acercamiento nos comunica su amor apasionado. Este objetivo está en la entraña del acompañamiento.

  • Para alentar la V/vida (Jn 10,10)

La vocación de Jesús fue ésta. “El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y dar vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor (…) Hoy se ha cumplido el pasaje de la escritura que acabáis de escuchar” (Lc 4, 18-21).

Alentar la vida se concreta en el esfuerzo sostenido por mediar con otros para gestionar sus necesidades todas, y afrontar las dificultades y crisis que se presentan en la vida.

  1. Qué es y qué no es el Acompañar

Comenzamos por clarificar lo que no es acompañamiento y algunas reflexiones previas

Acompañamiento no es sinónimo de confesión, ni terapia psicológica; no es una relación de “colegas” o un diálogo de amistad. Tampoco una relación entre alguien que sabe (desde arriba) y alguien que no sabe (desde abajo). El acompañamiento espiritual tiene su propia identidad.

La valoración del acompañamiento la asociamos a la necesidad actual de recuperar la dimensión perdida de la profundidad. La mediación nos ayuda a reavivar las raíces de la existencia, personalizar la vida y la fe.

El acompañamiento no se reduce al diálogo personal. En el acompañamiento espiritual en la vida cotidiana tratamos de: mostrar y descubrir a Dios presente en cada persona y en toda situación (la teología y la espiritualidad nos ayudan a ello), ayudar a crecer (las ciencias humanas nos iluminan en la tarea), tener siempre en cuenta las culturas y los contextos (entender esto es una clave indispensable), lo realizamos en comunidad y desde la comunidad con el Espíritu, verdadero acompañamiento (porque en la pastoral de acompañamiento nos complementamos unos con otros).

La pastoral de acompañamiento es un verdadero ministerio en la Iglesia. No basta sólo con la legitimación teórica, aunque sea muy importante, en la práctica hace falta que se vaya haciendo viable con una formación cada vez más rigurosa, de manera tal que la incorporación de laicos (religiosos y seglares, varones y mujeres) en el ministerio del acompañamiento visibilice de forma real el reconocimiento de este ministerio, y contribuya a una influencia efectiva en el seno mismo de la Iglesia.

  • La ineludible referencia al Acompañamiento en la Tradición cristiana y la propuesta de la Iglesia en los comienzos del siglo XXI.

El acompañamiento espiritual es uno de los tesoros más preciados de nuestra Tradición cristiana. Aparece con el Monaquismo de Oriente y de Occidente. San Benito, San Francisco de Asís, Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús… Tantos fundadores de instituciones y comunidades, marcados de una u otra manera por la inquietud del acompañamiento., hasta nuestros días.

En la segunda mitad del siglo XX, la dirección espiritual se fue deteriorando y llegó a vivirse como una obligación no comprendida ni asumida. Fue el Concilio Vaticano II quien nos animó a reavivar su práctica y discernir los signos de los tiempos. Hoy, parece que va prendiendo esto que hoy llamamos acompañamiento espiritual.

¿Es posible imaginar conversaciones espirituales al margen de la vida, al margen del seguimiento de Jesús? ¿Cómo salir al encuentro desde nuestras comunidades eclesiales, desde las parroquias y movimientos, cómo hacernos Iglesia en salida, tal y como nos pide hoy el Papa Francisco? ¿Cómo darle a nuestro caminar el ritmo de la projimidad? Ahí están los retos para acompañar hoy:

  • La entraña del Acompañamiento Espiritual

En nuestro equipo Ruaj definimos el acompañamiento como ‘encuentros de mediación entre compañeros/as para acoger la Vida, acompañando la vida.

Acoger la Vida, como la finalidad última del acompañamiento en la vida cotidiana: Descubrir la manifestación de Dios, buscar a Dios hasta encontrarlo. «Porque he venido para que tengan vida, y vida en abundancia» (Jn 10,10).

Acompañando la vida. Porque es en la vida toda, en los diversos contextos, en las distintas culturas, en cada situación, ahí es donde Dios se revela.

Acompañar la vida configura un estilo de vivir. Encontramos la entraña del acompañamiento espiritual en el Acoger la Vida, teniendo en cuenta que en el acompañamiento siempre somos tres. El Espíritu es el verdadero acompañante. Acompañamos atendiendo a todo lo que acontece en la vida, todo lo que nos configura como humanos: cuerpo, mente y espíritu, y haciéndolo con discernimiento, teniendo en cuenta la dinámica de proceso.

  1. Qué hacer para Acompañar Espiritualmente en la vida cotidiana
  • Ser Mediadores y Testigos

Mediar para ponerlos en contacto con Él y, luego, aprender a retirarse, ocupar el lugar que nos corresponde, ni más ni menos. En esta comunicación -de tú a tú- con Aquel que es Luz y es vida, se nos abren los ojos, crecemos en consciencia, detectamos el arder del corazón. El encuentro con Él nos constituye en testigos capaces de anunciar.

Con la mediación contribuimos a hacer posible la toma de conciencia de cómo va realizándose la acción de Dios en el acompañado. Porque el acompañamiento es una dinámica procesual e integral no se hace en un solo encuentro, se realiza a lo largo de un camino, desde el punto donde el acompañado está.

  • Generar vínculos fraternos

La vinculación es la experiencia de hacerse compañero/a con el otro en todo el itinerario, pero de forma específica en los momentos en que se hace más duro por causas diversas. No podemos confundir la vinculación con la relación afectiva dependiente.

Vinculación significa establecimiento de límites, relación clara y diferenciada en la que ninguna de las dos partes -acompañante y acompañado- viven con la expectativa de que el otro va a cubrir necesidades suyas encubiertas. La vinculación normal y sana no propicia la lógica de la manipulación, incluso inconsciente.

Vincularse es comprometerse. La vinculación ayuda a forjar la voluntad, fortalece la autonomía, enseña la interdependencia, descubre la mística de acompañamos unos a otros, como un rasgo propio de los discípulos de Jesús.

  • Clarificar y Discernir

«La experiencia de decirnos a nosotros mismos, conocernos y nombrarnos, exige la dinámica del encuentro y la presencia de un interlocutor-mediador que no ‘nos configura a su medida’, sino que nos ‘presta su presencia y su palabra’ para llegar a pronunciar la verdad interior que nos hace libres y nos conecta con nuestro centro vital «.

Clarificar tiene mucho que ver con el «ayudar a nacer», poner palabra y dejar que la palabra -con minúscula y mayúscula- sea pronunciada y escuchada. Al clarificar se ensambla de forma armónica la objetividad con la subjetividad. Nuestra verdad más honda aflora con serenidad reconciliada; cada vez serán menos las interferencias para abrimos a la verdad de Dios que se expresa en Jesús y su Evangelio.

Discernir tiene mucho que ver con clarificar, pero va mucho más allá. Se asocia con la función sapiencial, es tarea abiertamente espiritual y teologal. La función de discernir se nutre de la sabiduría suplicada, de mirar y escuchar a Jesús para empaparse de su forma de hacer y decir. Se aprende con la formación y la experiencia. Solo la experiencia nos hace expertos por pura gracia, expertos desde la experiencia, con y por experiencia.

Así se forja un acompañante. Así se va aprendiendo a vivir con cierta sabiduría. Porque no es tópico sino verdad honda que cada persona es un misterio y su historia única.

  1. Aplicaciones a los itinerarios:

Cuando pensamos en las diez líneas concretas que se han configurado en el Congreso en relación al acompañamiento, la pregunta que nos hacemos es qué tener en cuenta en cada situación. Hemos hecho una agrupación sabiendo que las concreciones se harán en los trabajos en grupo de cada línea del itinerario.

  • Acompañar no abandonares la clave ante las situaciones de sufrimiento, soledad, precariedad y vulnerabilidad, diversidad funcional, en relación a las líneas 5, 6, 7.

Esta es la clave fundamental, que siempre hemos de tener en cuenta y, sin embargo, nos parece muy necesario subrayarlo para estas situaciones. Cuando la vida nos pone ante la precariedad, soledad, sufrimiento, esa realidad nos espanta. Como si se hiciera verdad aquello del cuarto cántico del siervo “No hay en él parecer ni hermosura que atraiga las miradas”, no solamente nos espanta, sino que nos estremece, repele, altera nuestras emociones y sentimientos, y desde ahí muchas veces, nos descontrolamos.

La clave para acompañar y no abandonar en estas situaciones es hacer con otros, tender la mano y contar con, no hacer por. Esto pide convertir nuestras actitudes. Nos pide despojo, aprender una gestión de emociones que no se improvisa, una mirada capaz de atravesar las dificultades, la precariedad, la soledad. Requiere descubrir las en la otra persona sus capacidades y su dignidad; activar proyectos que permiten un acompañamiento directo dando la mano, ofreciendo objetivos para la vida. Y nos pide, además, un acompañamiento indirecto: actuar en los contextos, concientizar, poner en marcha medios para ese trabajo.

  • Apoyar yalentar el crecimiento, clave fundamental para el acompañamiento a las familias, a los jóvenes y en la escuela, en relación a las líneas 2, 3, 4.

Hacen falta en estos contextos, actitudes que se conviertan en buenas prácticas. No actitudes éticas ni morales, llenas de “deberías de”, deseos, sino actitudes que se transmiten en prácticas, como acercarse con empatía, validar, apoyar a los otros estando a su lado, caminando con ellos, sin invadir, maltratar ni abusar; respetando profundamente los límites, apoyando la configuración de los mismos, tomando absolutamente en serio, la libertad. Para ello, hace falta crear espacios seguros y poner en marcha procesos.

Hace falta favorecer procesos en los que aquellos a quienes acompañamos en el crecimiento, encuentren en nuestra mediación, lo que hemos llamado pan, palabra y proyecto. El pan como respuesta a sus necesidades básicas; la palabra como capacidad de simbolizar, enseñar a pensar y tomar decisiones; y, por último, el proyecto, que es la oferta de sentido, de propuestas para desplegarse.

La clave del proceso es estar ahí en las encrucijadas, en el momento de las elecciones, y proponer la superación y el crecimiento para la alteridad con ofertas solidarias y de voluntariado, por ejemplo.

  • Ser sal y luz clave en relación a las líneas 1.8.9 Acompañamiento en la iniciación cristiana, discernimiento vocacional e increencia.

Cuando nos planteamos qué concreciones tiene el acompañamiento para estas líneas, recordamos la cita de Mateo, 13-16, ser sal y luz, que tanta fuerza tiene para todos: laicos seglares y laicos religiosos.

Como dice Martin Velasco[2] en su artículo, el texto del evangelio no dice “debéis ser, tenéis que” ser sal y luz, sino que nos dice “sois sal y luz”. Sabemos que, por la fuerza de la llamada, por la atracción de Jesucristo, por la presencia del espíritu, es esa convicción la que nos da el poder ser mediadores y testigos, porque somos sal, porque somos, se nos ha configurado, como luz.

Cómo hacer para no perder el sabor y no poner la luz debajo del celemín. La respuesta es muy clara y así nos dice Francisco: los discípulos misioneros acompañan a los discípulos misioneros. Vivir en clave de misión es la propuesta: dar testimonio para no contribuir a la indiferencia, ser luz para todos, teniendo en cuenta el sentido de universalidad y, por lo tanto, sin olvidar el sentido evangélico de la inclusión.

Se nos invita a ofrecer el acompañamiento personal y comunitario; formar comunidades cristianas que acogen y acompañan, que tienen como prioridad atender a los últimos, y que practican entre ellos el ser buenas compañías unos a otros. Y esto, se activa por contagio. Se nota porque tenemos alegría, convicción, serenidad, aun en medio de las situaciones estresantes en que nos podemos ver envueltos.

Acompañamos con el espíritu en comunidad y viviendo como comunidades conscientes, de que somos minorías, pero que también somos sal y luz, alentando en la creatividad y significatividad.

  • Formarse en el arte, ciencia y pedagogía del A.E. L 10 Acompañamiento de los acompañantes.

La formación para el acompañamiento, requiere muchas horas de ensayo, como dice Fromm en el Arte de Amar. Es verdaderamente un arte. El Acompañamiento es ciencia, don de ciencia, porque supone adentrarse en los misterios de Dios, adentrarse en el conocimiento de Dios. Y es pedagogía también. Este tipo de formación no se improvisa.

Desaprender y resignificar: repensar el Acompañamiento mismo, en los contextos en los que hoy, requiere revisar lo que supone vivirlo en cada ámbito, en relación a cada línea de las que hemos marcado en el Congreso. Así se comprende que El Acompañamiento no es solo entrevista, sino un modo de ser en relación.

Significa estudio, reflexión, oración y hacer experiencia. Esos procesos de aprendizaje incluyen la supervisión o formación permanente. Y todo ello, desde una perspectiva integral, que tiene en cuenta lo antropológico, la totalidad que nos constituye; que hace referencia a la teología espiritual, teología fundamental, a la Palabra revelada, las ciencias humanas y, por lo tanto, tiene muy en cuenta la comprensión de los contextos y culturas. Nuestro enfoque requiere repensar siempre y cada vez, el modo de acompañar con discernimiento.

La recuperación del acompañamiento espiritual es indispensable hoy no solamente para los creyentes que buscamos vivir la vida a la luz de la fe, sino también para el conjunto de la Iglesia y de nuestro mundo. Recuperar el acompañamiento es recuperar, en parte, la entraña de vivir, de ser cristiano. Se compendia en el amor a Dios y al prójimo, o dicho con nuestras palabras en ejercer de hijos y de hermanos en todas las relaciones de cada día. De ahí lo que sostenemos desde el principio que el Acompañamiento es un modo de evangelización privilegiado hoy. “Los discípulos misioneros acompañan a los discípulos misioneros” EG173.

[1] Gran parte del contenido de este texto está recogido ya en las publicaciones ofrecidas desde el Equipo Ruaj por Lola Arrieta y Marisa Moresco, como base de la reflexión aplicada para nuestra aportación al Congreso. [2] Juan Martin Velasco “Ser sal y luz” (2020) Sal Terrae 100, 295-308.

Mon, 24 Feb 2020 11:16:44 +0000

Itinerario 3: La formación de los laicos para ser Iglesia en salida

Gabino Uríbarri Bilbao, SJ. Universidad Pontificia Comillas (Madrid). Comisión Teológica Internacional (Roma)

1.Presupuesto: la fe es un tesoro que transmitir

Comencemos por la Escritura, con unas palabras de Nuestro Señor Jesucristo, que nos sitúen:

«El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel» (Mt 13,44).

La fe es un tesoro que genera alegría. Este es nuestro punto de partida. Hemos sido agraciados y estamos alegres. Se nos ha concedido gustar «la alegría del evangelio» (papa Francisco, Evangelii gaudium). La alegría es la palabra fetiche para la misión en el magisterio del papa Francisco[1].

La dinámica inherente a la alegría del tesoro de la fe es su transmisión. No solamente porque es un mandato expreso del Señor (ej. Mt 28,19-20), sino porque es lo que surge espontáneamente de un corazón bueno.

Desde el Concilio Vaticano II ha quedado nítidamente claro que la misión eclesial compete a todos los cristianos. El bautismo capacita e impulsa a todos a ser misioneros: «La vocación cristiana es, por su propia naturaleza, vocación también al apostolado» (AA 2; cf. además LG 10-12; 33-35; AA completo).

2. Requisito para ser iglesia en salida: Confianza en la propia Fe

Sin estar realmente convencidos de la bondad de la propia fe no la podremos transmitir. Mi impresión personal es que en este punto no siempre estamos bien en la media de la Iglesia española. En eso se apoyan los anuncios. Si una cadena de supermercados me soluciona mucho la vida, lo digo con toda claridad y lo argumento. Sin embargo, tendemos a relegar la fe al ámbito de la vida privada. La entendemos como un asunto muy personal, privado, íntimo, en el que no osamos inmiscuirnos, a no ser que se nos pregunte.

2.1.Tres interpelaciones

Vamos a confrontarnos con tres testimonios que nos interpelan para una conversión misionera:

  1. El teólogo protestante W. Pannenberg (1928-2020) dice así en el prefacio para la edición española de su obra Teología Sistemática:

«El cristianismo de los Padres se sabía en alianza con la verdadera razón frente a una cultura en decadencia. Esta era la situación de la Antigüedad tardía. Pero, ¿no es también la de nuestra época?»[2].

Con «los Padres» se refiere a los grandes teólogos de los primeros siglos del cristianismo. Los cristianos de los primeros siglos pensaban que la fe cristiana iba pareja con la razón. Es decir, pensaban que en la fe se daba la verdad. Una persona cabal se daría cuenta de ello. Si no, era posible argumentar racionalmente para convencerla.

Como resultado extraigo una primera conclusión: una fe que no se considere la mejor aliada de la verdad y la razón difícilmente atrae. Si es aliada de la verdad y de la razón no hay motivo alguno para no mostrarlo de un modo público.

  1. El teólogo católico E. Biser (1918-2020) afirma que el problema principal para el futuro de la fe es una «herejía emocional», que describe en estos términos.

«Y es que la fe no corre peligro con una interpretación equivocada del dogma ni con un comportamiento moral deficiente, sino que, ateniéndonos a la experiencia general, el peligro mayor deriva sobre todo del derrotismo religioso, que no otorga a esa fe energía alguna capaz de configurar la vida y el futuro, a la vez que lo desconcierta en forma de crisis de confianza. Cuando lo que debería encontrarse en la fe es un impulso inagotable al coraje, un motivo de seguridad y alegría y, en buena medida, también un estímulo a la autocomunicación dialógica y operativa es una paralización la que afecta a los corazones de los hombres, mientras que un triste velo gris parece caer sobre la realidad de toda su vida»[3].

El tono gris, no atrae ni impele a salir a anunciar. Una fe, en la que no se confía y que no se la cree interesante y capaz de plenificar la vida de todos, no atrae. Si acaso llega a ofrecerse a otros, se propone ya derrotada de antemano. Una vivencia desalentada, mortecina y resignada ni atrae ni impele a la misión.

  1. Veamos ahora lo que dice un estudioso de la antigüedad agnóstico, profesor de clásicos en Oxford. En su obra Paganos y cristianos en una época de angustia[4], E. R. Dodds (1893-1979) se pregunta ¿qué hizo atractivo al cristianismo en la antigüedad desde el punto de vista psicológico? ¿Qué ofrecía el cristianismo que no ofreciera la tradición clásica, en muchos puntos convergente con las posturas cristianas? He aquí sus dos afirmaciones principales:

«Lo que asombraba a todos los primeros observadores paganos —Luciano y Galeno, Celso y Marco Aurelio— era la confianza total que ponían los cristianos en unas afirmaciones no probadas, su disposición a dar la vida por algo que nadie podía demostrar»[5].

«El cristianismo, por otra parte, se presenta como una fe que merece la pena vivir porque es también una fe por la que merece la pena morir»[6].

Lo que más llama la atención de los paganos es la fe que los cristianos tienen en su propia fe, hasta el punto de ser capaces de morir por ella. Una fe vergonzante y acobardada no atrae. Una fe sin parresía no atrae. La parresía es la valentía, la franqueza y el ímpetu para proclamar algo públicamente, sin tapujos[7]. Junto con esto, también destaca el sentido comunitario[8].

2.2.Conclusión

Dicho de modo negativo, si los cristianos vivimos convencidos de que nuestra fe no es la verdad; la vivimos descorazonadamente, prediciendo su declive, en clave de derrota; y si no estamos dispuestos a darlo todo por lo que la fe promete, nuestro anuncio no será atractivo. Positivamente: la convicción alegre de que en la fe se nos ha dado la verdad para todos, que a todos interesa y hace bien genera energías y condiciones favorables para la transmisión de la fe. Aquí vale más lo que se percibe por ósmosis que las propias palabras; el perfume que se respira cuenta más que la verbalización[9].

3.Nuestro Contexto: trampas y posibilidades para ser iglesia en salida

Para situar nuestro tema parto de una clave y, a continuación, resalto dos aspectos de nuestro contexto, de gran relevancia para la transmisión de la fe[10].

3.1.La clave: «Emitir» o no «emitir», esa es la cuestión

Nuestra fe nos pide emitir. Y esto incluye el lenguaje verbal, por supuesto, pero también el corporal, los lugares donde se va, el ritmo de vida, el modo de gasto, de ser familia, mi comportamiento en el ámbito profesional, etc. En general, pienso que nos da miedo emitir, porque nos da miedo que no interesemos a nadie y quedemos en ridículo. O pensamos que nuestra apariencia, la fe, no es atractiva, no es para hoy, no tiene gancho, no es interesante, etc. Sin emitir es muy difícil evangelizar.

3.2.Sed de espiritualidad

Vivimos en una sociedad en la que se da una sed bastante extendida de bienestar, frente a la amenaza permanente de la frustración, de la depresión, de la ansiedad. El individuo en la sociedad líquida posmoderna (Z. Bauman) vive sobrecargado y sobre exigido (U. Beck). La proliferación de ansiolíticos y terapias de todo tipo (couching, mindfulness, wellness, fisioterapia, terapias psicológicas) no es sino un síntoma revelador. Queremos ser felices, sentirnos bien con nosotros mismos. Pero la vida con frecuencia nos lo pone cuesta arriba.

Si nosotros tenemos un tesoro que genera alegría, aquí se nos abren posibilidades de darlo a conocer, a no ser que a nosotros la fe cristiana no nos suponga ningún beneficio, ningún tipo de salvación. Pero si vivimos la fe cristiana desde la alegría de haber encontrado un tesoro, de haber sido tocados por la gracia, entonces podemos compartir lo que a nosotros nos ayuda, tanto personalmente como comunitariamente. En momentos de soledad, de crisis, de enfermedad, de dificultades; pero también para ser felizmente familia (Amoris laetitia), para vivir un día a día ordinario pleno (Gaudete et exsultate), para hacer un mundo sostenible para todos, empezando por los pobres (Laudato Si’).

3 .3.¿Anunciar o respetar?

En España vivimos en una sociedad cada vez más pluralista, en todos los terrenos, especialmente en el ámbito de las cosmovisiones y la religión. La única manera de vivir en paz en una sociedad pluralista radica en el cultivo de la tolerancia. Sin embargo, no pocos han extraído de la tolerancia, que busca ser un modo civilizado de organizar la convivencia, como conclusión el relativismo, que tiene que ver con la verdad y los valores. Respetarnos mutuamente y ser tolerantes con quienes piensan distinto, no significa necesariamente que todas las posturas automáticamente sean equidistantes de la verdad y de lo bueno; o que el bien y la verdad no existan. Cuando se internaliza el pensamiento del relativismo, el anuncio, la misión cristiana, pierde todo sostén.

Hay tres aspectos que correlacionan absolutamente: la convicción de haber sido agraciados con la verdad: la verdad acerca de Dios, del hombre y del mundo; la convicción de que dicha verdad es universal, porque es la verdad auténtica y real; la necesidad de transmitir esta verdad a todos.

Simplificando: el relativismo socava las posibilidades de ser Iglesia en salida, Iglesia misionera. En ese caso, lo único posible sería compartir con otros amablemente, con el máximo gracejo posible, el bienestar emocional particular que a los cristianos nos proporciona la fe. Sin embargo, si hemos sido agraciados por medio de la revelación de Dios en Jesucristo con la verdad acerca de Dios, del hombre y del mundo[11], entonces la misión se impone como una exigencia inherente a la propia fe.

4.Tesis: Ser iglesia en salida requiere formación

La tesis que defiendo es muy sencilla: ser Iglesia en salida requiere formación. Ciertamente se necesita la experiencia personal de la misericordia del Señor, que genera alegría; se necesita la consolación, que impele a anunciar; se necesita la unción del Espíritu y sus dones, que dirigen el discernimiento y marcan el tono, las formas, las osadías y el modo de aprovechar las coyunturas propicias para el anuncio o crearlas. Sin embargo, además de la oración, del coraje, del compromiso eco-social, del testimonio personal de coherencia de vida, también necesitamos formación. Lo argumento en tres pasos.

4.1.«Yo soy una misión» (EG 273)

El primer paso consiste en una doble articulación. Primero, todos y cada uno de los cristianos somos una misión, somos misioneros en cuanto que cristianos bautizados. Claudicar de la misión es lo mismo que claudicar de la fe: cercenarla en un aspecto absolutamente sustancial. En este sentido dice el papa Francisco en Evangelii gaudium hablando a todos los cristianos: «Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo» (EG 273)[12].

Segundo, todos y cada uno hemos recibido la unción del Espíritu y, con la unción, unos dones particulares para el enriquecimiento y fortalecimiento de la Iglesia, y para aportar nuestro grano de arena en su misión. Dice así el texto preferido del Concilio Vaticano II del papa Francisco[13]:

«Además, el mismo Espíritu Santo no sólo santifica y dirige el Pueblo de Dios mediante los sacramentos y los misterios y le adorna con virtudes, sino que también distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere (1 Cor 12,11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: “A cada uno… se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad” (1 Cor 12,7)» (LG 12).

Todos los cristianos somos ungidos por el Espíritu Santo. El Espíritu nos ha dado a cada uno algo especial, único. Se impone la obligación de descubrir ese don y ponerlo a fructificar para ser Iglesia en salida. La Iglesia en salida es la Iglesia pletórica de cristianos ungidos por el Espíritu que descubren que son una misión y la ponen humilde y diligentemente en práctica.

Descubrir la misión que yo soy exige escucha, discernimiento, pero también formación para desplegar esa misión, en la catequesis, en la vida pública, en la familia, como dirigente de mi comunidad, con los jóvenes, en el campo sanitario, en la cooperación internacional, en la dirección espiritual, etc.

4.2.Necesidad de formación

Según el auto examen que refleja el Instrumentum laboris del Congreso, que recoge aportaciones enviadas por 2.485 grupos, en los que han participado 37.000 personas, los laicos reconocen que necesitan mejorar la formación. Dice así su texto más claro:

«Por último, pero no por ello menos importante, descubrimos debilidad en lo que hace referencia a la formación. Experimentamos en este contexto la necesidad de una formación más plena, más auténtica y propia de la vocación laical, en la que la Doctrina Social de la Iglesia ocupe un lugar central junto con la profundización en la Palabra de Dios»[14].

  1. Sin un cultivo personal de la fe, no hay una fe madura. Ahora bien, la fe madura parece un requisito, que potencia su transmisión. Ser Iglesia en salida no requiere una fe perfecta, — ¿quién la tiene? —, ni erudita, – eso es para los expertos —, pero sí madura, bien encajada en el conjunto de la propia vida. Una fe madura supone una formación ajustada con el propio estilo de vida, la profesión, el nivel cultural, el ámbito de relaciones, el campo privilegiado en que realizo mi vida como misión.
  2. Para ser Iglesia en salida necesitamos conocer nuestra fe y saber proponerla. Esto es de Perogrullo. San Ignacio, pensando en los jesuitas, una orden misionera, insiste en que, sobre el testimonio personal y la vida virtuosa, es necesario conocer la doctrina cristiana y ejercitarse en modo más adecuado de proponerla, de anunciarla[15].
  3. La inculturación de la fe y el discernimiento necesario, que ha de modelar el hecho de que «yo soy una misión», exige formación. El gran teólogo Hans Urs von Balthasar (1905-1988) no fue nunca profesor en la universidad. Sin embargo, es uno de los más grandes teólogos católicos el siglo XX. Si publicó una obra teológica amplia y espléndida, fue porque se sentía apóstol: llamado a anunciar a Jesucristo. Fue teólogo para ser apóstol[16]. A todos nosotros se nos pide formarnos, ser teólogos en ese sentido, para ser misioneros, para ser Iglesia en salida. En un mundo cada vez más complejo, en una sociedad que se define a sí misma como del conocimiento, los cristianos no podemos ser ignorantes de nuestra fe. Igual que en toda profesión uno se ha de mantener al día, ya sea en la informática, en la medicina, en la enseñanza, etc., así también en nuestro conocimiento de la fe.

El papa Francisco define la misión muy primordialmente como inculturación de la fe[17]: «Es imperiosa la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio» (EG 69). Cada ámbito propio de la cultura exige una inculturación de la fe, un discernimiento del modo de realizar la misión y una formación para realizar tanto el discernimiento como la inculturación. Por eso, cada uno habría de preguntarse honestamente por sus necesidades de formación, por sus carencias más notables.

Ser Iglesia en salida requiere, pues, una fe madura, con conocimiento de la misma, que discierne cómo se incultura de acuerdo con su campo privilegiado de misión: familiar, profesional, político, sindical, social, económico, medios de comunicación, sanitario, enseñanza, jóvenes, ecología, cooperación internacional, etc.

4.3.Dimensiones de la formación

De lo dicho hasta ahora se deducen dos puntos primordiales. Primero, todos necesitamos formación para ser Iglesia en salida. Segundo, la formación ha de ser personalizada, según las circunstancias personales y el campo de misión[18]. A continuación, indico algunas pistas, para ayudar a un discernimiento que personalice el tipo de formación que yo necesito para ser Iglesia en salida[19].

  1. Silencio. Necesitamos silencio. Todos. Sin silencio no hay profundidad. No hay encuentro con uno mismo. No hay encuentro con Dios. En una sociedad de la prisa, de la aceleración, del estrés, de la angustia, del bombardeo continuo, el silencio es fundamental. ¿Tengo espacios regulares y suficientes de silencio?
  2. Oración. Sin oración, sin relación con Dios, la fe se vuelve mortecina, no se renueva, se refresca, sino que se apaga. La oración incluye el silencio, pero no es solo silencio. En la oración cristiana la frecuentación de la Palabra de Dios, de diferentes formas, lectio divina, liturgia de las horas, contemplación, meditación, habrá de ocupar un espacio significativo. Junto con la Palabra de Dios los sacramentos, celebraciones eclesiales de la fiesta de la fe.
  3. Lectura. Las lecturas amplían y enriquecen mi mundo. Me ponen en contacto con grandes creyentes, que me animan y sirven de estímulo. Me proporcionan conocimientos que me ayudan a creer mejor, más consciente, más profundamente. Me ayudan a entender mejor la Escritura, los diversos artículos del credo o de la doctrina cristiana, la postura de la Iglesia en temas morales. Sin lectura, un programa de formación está cojo. Hemos de leer los principales documentos del papa y del magisterio; acerca de los temas candentes de nuestro tiempo; acerca de nuestra fe. Me impresionó mucho la tesis de un teólogo pastoral alemán con mucha experiencia. Decía, «contra tibieza, lectura espiritual». Sin leer no vamos a evangelizar la cultura.
  4. Revisión de vida y contraste. La formación es una empresa personal, desde luego, pero también comunitaria. La mirada desde fuera me contrasta, interpela, completa y complementa lo que yo veo. Por eso, los procesos de revisión de vida, de contraste en dirección espiritual o del modo que sean ayudan no solo a descubrir engaños, carencias, deficiencias y perezas. También espolean y son acicate, enriquecen y amplían el horizonte.
  5. Discernimiento. La clave está en el discernimiento, que orienta mi vida como misión. No se trata de saber más por prurito, sin que eso sea de por sí negativo. La curiosidad intelectual, en general, y sobre nuestra fe, en particular, es un elemento positivo. Sino de qué formación necesito para ser apóstol, para anunciar a Jesucristo, para vivir mi fe de modo maduro, para transformar según el evangelio la realidad en la que vivo.

Hemos de estar atentos a generar una sana ecología de crecimiento en la fe y en su dimensión misionera, evitando los dos grandes peligros que nos acechan: un activismo desenfrenado, que amenaza con quemarnos y que solamente transmitamos angustia y estrés; un cristianismo de grupo cerrado y cálido, de «comunidades estufa», que no interacciona con el entorno y no transmite la fe.

  1. Permanente. Puede haber periodos más intensos de formación, al hacer un curso o prepararme para una misión concreta. Sin embargo, en nuestra sociedad del conocimiento la formación ha de ser permanente. También como cristianos que somos una misión hemos de vivir la formación como un proceso continuo de crecimiento en la fe: en la coherencia con la misma, en su puesta en práctica para la transformación de la realidad, en el conocimiento sapiencial de la misma.
  2. Eclesial. La formación me hará crecer en sentido de pertenencia, en comunión eclesial. Me pondrá en camino de ser más Iglesia. En este sentido se puede denominar sinodal. La palabra «sínodo» viene de syn: con; y odos: camino. Sínodo entonces significa caminar juntos, escucharnos unos a otros, apoyarnos unos a otros, avanzar juntos. Lo contrario del espíritu sinodal es el francotirador. La misión es individual y comunitaria simultáneamente. La formación nos ha de preparar para realizar tanto la dimensión personal como la comunitaria de la misión de ser Iglesia en salida.
  3. Profética. La formación ayudará a transformar, mediante signos proféticos, la realidad según el evangelio. No se trata de saber más, sino de ser más y mejores cristianos. Lo cual implica la transformación de la realidad. Esta no se dará sin la conjunción de vida y misión.
  1. Personal. Finalmente, la formación ha de ser personal, pues su sentido estriba en potenciar mi vida cristiana, mi vocación como cristiano, como bautizado, maduro, adulto, responsable, que anuncia a Jesucristo, como el Señor de su vida, como el tesoro que le colma de alegría.

[1] He aquí algunos documentos muy significativos: exhortación apostólica Evangelii gaudium (24 de noviembre de 2020); carta encíclica Laudato Si’ (24 de mayo de 2020); exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia (19 de marzo de 2020); constitución apostólica Veritatis gaudium (8 de diciembre de 2020); exhortación apostólica Gaudete et exsultate (19 de marzo de 2020). Más detalles en G. Uríbarri, Santidad misionera. Fuentes, marco y contenido de Gaudete et exsultate, Santander, Sal Terrae 2020.

[2] Teología sistemática I, U.P. Comillas, Madrid 1992, XXXI (original 1988).

[3] Prognóstico de la fe, Herder, Barcelona 1994, 16 (original 1991). Véase también L. González Carvajal, «El sujeto evangelizador en un mundo globalizado», en G. Uríbarri (ed.), Contexto y nueva evangelización, Desclée – U. P. Comillas, Bilbao – Madrid 2007, 101-122.

[4] Cristiandad, Madrid 1975 (original 1963).

[7] Cf. G. Uríbarri, El mensajero. Perfiles del evangelizador, Desclée – U. P. Comillas, Bilbao – Madrid 2006, 67-84.

[8] «Dentro de la comunidad se experimentaba el calor humano y se tenía la prueba de que alguien se interesa por nosotros, en este mundo y en el otro. No es, pues, extraño que los primeros y más llamativos progresos del cristianismo se realizaron en las grandes ciudades: Antioquía, Roma y Alejandría. Los cristianos eran “miembros unos de otros” en un sentido mucho más que puramente formulario. Pienso que ésta fue una causa importante, quizá la más importante de todas, de la difusión del cristianismo» (Dodds, 179).

[9] Cf. G. Uríbarri, «Gratos son al olfato tus perfumes» (Cant 1,3). Considera­ciones apasionadas sobre «Juventud y Vida Religiosa»: Sal Terrae 82 (1994) 473-485.

[10] Para un análisis más amplio, véase la bibliografía manejada en G. Uríbarri, La mística de Jesús. Desafío y propuesta, Sal Terrae, Santander 2020, 35-83; Id., Teología de ojos abiertos. Doctrina, cultura y evangelización, Sal Terrae, Santander 2020, 55-69.

[11] Cf. G. Uríbarri, «Jesucristo, mediador y plenitud de toda la revelación», en A. del Agua Pérez (ed.), Revelación, Tradición y Escritura. A los cincuenta años de la «Dei Verbum», BAC, Madrid 2020, 80-118.

[12] En la misma línea, en Gaudete et exsultate, dedicado a la santidad misionera: «Tú también necesitas concebir la totalidad de tu vida como una misión. Inténtalo escuchando a Dios en la oración y reconociendo los signos que él te da. Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de ti en cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti el misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy» (GE 23).

[13] Lo dice en la entrevista concedida a A. Spadaro. Manejo la edición: Papa Francisco, «Busquemos ser una Iglesia que encuentra caminos nuevos», Mensajero, Bilbao 2020, 14.

[14] Instrumento de trabajo para la preparación de Congreso de Laicos 2020 «Pueblo de Dios en Salida», § 27. Negrita y cursivas en el original . Sobre la necesidad de formación para ser Iglesia en salida dice el papa Francisco: «Todos estamos llamados a crecer como evangelizadores. Procuramos al mismo tiempo una mejor formación, una profundización de nuestro amor y un testimonio más claro del Evangelio. En ese sentido, todos tenemos que dejar que los demás nos evangelicen constantemente; pero eso no significa que debamos postergar la misión evangelizadora, sino que encontremos el modo de comunicar a Jesús que corresponda a la situación en que nos hallemos». (EG 121; subrayado mío).

[15] «Siendo el escopo [fin] que derechamente pretende la Compañía ayudar las ánimas suyas y de sus prójimos a conseguir el último fin para que fueron criadas, y para esto, ultra del ejemplo de vida, siendo necesaria doctrina y modo de proponerla, después que se viere en ellos el fundamento debido de la abnegación de sí mismos y aprovechamiento en las virtudes que se requiere, será de procurar el edificio de letras y el modo de usar de ellas, para ayudar a más conocer y servir a Dios nuestro Criador y Señor» (Ignacio de Loyola, Constituciones de la Compañía de Jesús, § 307).

[16] Cf. A. Cordovilla, Hans Urs von Balthasar: Ser teólogo para poder ser apóstol: Revista Internacional de Pensamiento y Cultura, Communio Nueva Época 1 (2006) 77-90.

[17] Cf. J. C. Scannone, La teología del pueblo. Raíces teológicas del papa Francisco, Sal Terrae, Santander 2020, 219-232; G. Uríbarri, Santidad misionera, 69-72.

[18] Cf. el amplio y exigente panorama que describe el Instrumento de trabajo para la preparación del Congreso de Laicos 2020, § 67.

[19] Otras pistas, en Instrumento de trabajo, § 86-88.

Mon, 24 Feb 2020 11:15:24 +0000

Itinerario 4:

Presencia en la vida pública: Profetas 3.0. Sanar personas, cuidar vínculos, tender puentes

Agustín Domingo Moratalla. Catedrático de Filosofía Moral y Política. Universidad de Valencia

“… Desde que los filósofos griegos y los profetas judíos preguntaron qué era la justicia, y no qué se derivaba de las costumbres de sus tiempos, nuestra tradición no ha vuelto a ser capaz, y no lo volverá a ser nunca, si debe mantenerse en su verdadero valor y no solamente en su fuerza material, de decir con buena conciencia: “esto es bueno porque es nuestra forma de hacer las cosas”; siempre ha dicho y no dejará de decir: “¿dónde está el Bien para que podamos servirlo?”… Nuestra tradición es la tradición que pone siempre en cuestión su propia validez, que a cada momento de su destino histórico ha tenido que decidir y continuará teniendo que decidir, qué debemos hacer para acercarnos a la verdad, a la justicia, a la sabiduría. Es la tradición que no queda satisfecha con la tradición.” (Eric Weil)

I.- Introducción: contexto existencial, histórico y profético-cultural

Agradezco a la Comisión de Apostolado Seglar esta oportunidad para participar en este congreso sobre el Laicado en la Iglesia Española. De manera especial a D. Javier Salinas por la confianza que ha depositado en mí para compartir mis reflexiones con el laicado activo y comprometido de nuestras diócesis. Entiendo la Iglesia como pueblo de Dios en marcha donde clérigos y laicos afrontamos responsabilidades compartidas, transversales, apasionantes y nuevas.

Contexto existencial

Parto de mi propia experiencia como profesor, educador, padre de familia, esposo y laico con experiencia de gestión pública y política. Quiero aprovechar esta oportunidad para recordar que los laicos militantes y “confesadamente” católicos vivimos nuestra condición en contextos marcados por una secularización compleja y una soledad “algo” dramática. Muchos profesionales del mundo de la educación, la cultura y la función pública constatamos cierta soledad que adquiere un carácter dramático en cinco escenarios cotidianos en los que, aparentemente, parece imposible reconciliar nuestra presencia pública:

a.- El drama de ser empresario y católico,

b.- El drama de ser político y católico,

c.- El drama de ser científico y católico,

d.- El drama de ser intelectual y católico,

e.- El drama de ser feliz y católico.

Me gustaría que estas reflexiones nos ayudaran a evitar el desánimo, la soledad y la resignación ante diagnósticos o lecturas catastrofistas. Nuestra responsabilidad eclesial nos debe impulsar a trabajar codo con codo, laicos y clérigos. Ante la nostalgia de un laicado conformista que espera consignas, quisiera proponer un laicado renovado e inconformista, dispuesto a ser sal, luz y fermento cultural. Un laicado consciente de su responsabilidad eclesial y de su propio liderazgo ético en una iglesia del siglo XXI. Todos, clérigos y laicos, estamos llamados a una “responsabilidad responsable”, es decir, una responsabilidad vinculada con el deseo radical de libertad sensata, una responsabilidad donde la obediencia se plantea como “conocimiento de causa”.

Desde este contexto reconozco que propuse otros tres títulos. Elijo el primero. Puedo hablar de la transición cultural que estamos viviendo y por ello una propuesta era: “De la evangelización analógica a la evangelización digital: el reto del cuidado y la personalización del mundo”. Quería dejar constancia del tiempo de transición cultural en el que vivimos y recordar la importancia de la ética del cuidado en un mundo con tendencia a la deshumanización progresiva y la despersonalización acelerada. Había una propuesta que titulé: “De la acción a la pasión católica: el compromiso de una interioridad apasionada”. Quería conceder relevancia al tema del compromiso sin poner el foco en la militancia social, profesional o política sino en la urdimbre antropológica que hace posible la acción. Por eso quería mantener la tensión antropológica entre la acción y la pasión. Buscaba mostrar la urgencia de reivindicar dimensiones olvidadas del activismo, el compromiso y la militancia como la intimidad, la vocación, la afectividad y la salud en todas las dimensiones de su campo semántico.

Contexto histórico

En la vida de la Iglesia los laicos somos levadura, fermento y luz. En el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia se recuerda la importancia de la dimensión espiritual y el valor de actuar con prudencia (&541ss). Sin esta última no se aplicarían correctamente los principios a las situaciones. Esta virtud capacita para trabajar con realismo y sentido de la responsabilidad. Es importante esta parte del Compendio (&549ss) porque incide en la importancia de la vida asociativa, se describe nuestra tarea como “servicio, signo y expresión de la caridad” y se concreta en los diferentes ámbitos de la vida cotidiana. El compendio se focaliza en tres ámbitos importantes: la cultura (&554-562), la economía (&563-564) y la política (&565-574), Nuestro trabajo en estos ámbitos tiene como finalidad construir una “civilización del amor”.

Cuando se había consolidado la democracia en España en el año 1986, y después del Congreso Evangelización y hombre de hoy (9-14/09/1985), la Conferencia Episcopal Española presentó un documento que sigue teniendo actualidad. Continuaba con ello las indicaciones del Vaticano II (GS, LG, AA). Su lectura recuerda que el proyecto de Dios sobre el hombre no sólo se juega en su corazón y los ámbitos reducidos de su vida personal, familiar o interpersonal. Reclama actuación en la vida social y pública, implicación en prácticas e instituciones porque a través de ellas se favorece o dificulta la paz, el crecimiento y la felicidad. Esta plausibilidad y legitimidad de la dimensión social y pública sigue siendo tan urgente como entonces.

Contexto cultural y vocación profética

Se está produciendo un cambio radical que supone la transformación tecno-digital (IA, Big Data, IO). Un cambio que requiere con urgencia una renovada “ética del cuidado” para afrontar la fragilidad de ética democrática tentada por la indiferencia cultural, el dogmatismo y relativismo moral. Una ética del cuidado que no se limita a los espacios privados sino que ya es una ética pública renovada y transformada, una ética donde el imperativo del trabajo decente se ha convertido en una meta incuestionable. Necesitamos un cuidado justo que visibilice y encarne la promoción de una urgente responsabilidad solidaria global que promueva trabajos dignos y decentes. Una ética del cuidado que emerja desde un horizonte cultural aparentemente volátil, incierto, complejo y ambiguo (VUCA). La expresión “profetas 3.0” concede importancia a la dimensión profética como urgencia en el laicado actual y lo vinculo a la aceleración del mundo digital donde vamos acumulando versiones anteriores de tecnología. No estoy señalando la necesidad de trabajar para un concilio Vaticano III, como si estuvieran agotadas las propuestas del Vaticano II. Aunque no es descartable esta interpretación, quiero recuperar el compromiso laical en términos proféticos en la era digital. En la evaluación de nuestra “acción católica” podemos preguntarnos: “¿dónde están los profetas?, ¿dónde está tu hermano?” Concreto esta vocación profético-solidaria en tres retos culturalmente urgentes.

“Sanar personas”, porque estamos llamados al consuelo, a la escucha, a la curación, a la limitación del dolor, a la promoción de la salud integral. Frente a individuo, la noción de “persona” me permite reivindicar el valor de la dignidad vida humana en relación y como relación. No como mónada (Leibniz) o caña pensante (Pascal), sino como “realidad personal” (Zubiri) y “presencia comunicada” (C. Díaz).

“Cuidar vínculos”, porque el laicado comprometido y militante lleva una vida ajetreada, acelerada y muchas veces “descuidada. Nos falta atención, capacidad de escucha y vigilancia diligente para defender, fortalecer y generar vida sentida, como gracia. Utilizo el término cuidado en toda la amplitud de su campo semántico como cura, solicitud, sanación, vigilancia, etc. No estamos ante una simple actividad o acción humana sino ante un modo de ser y existir. Lo aplico al término vínculos porque el riesgo de la separación y la atomización son propios de una sociedad que mitifica la movilidad, la aceleración y el despegue (como des-apego). En sociedades atomizadas (Charles Taylor) y líquidas (Zygmunt Bauman) es importante prestar atención, cuidado y vigilancia a los vínculos o relaciones. Además de nutrirlos y fortalecerlos.

“Tender puentes”, relacionado directamente con los anteriores, tender es sinónimo de “primerear” en la construcción. Utilizando “primerear” como Francisco cuando se remite al riesgo, la iniciativa, el emprendimiento de procesos. En un contexto social, político y cultural que tiende al aislamiento, propongo la imagen del puente como continuidad en la tierra, como no separación absoluta, como vía de comunicación abierta, como voluntad de mediación permanente. No podemos instalarnos irreflexivamente ante el paradigma cultural de la comunicación. Necesitamos integrar el conflicto y el disenso. El respeto al otro y la promoción de una cultura de la responsabilidad no debe ser incompatible con una ética del reconocimiento y de la vinculación mutua. Recordemos a Buber (el Yo y Tú, pensados desde el “entre”) y Machado cuando nos recuerda la necesidad de buscar juntos la verdad.

Pido la voz y la palabra de un laicado adulto que tiene hoy una responsabilidad histórica en el fortalecimiento ético, político y cultural de nuestras frágiles democracias. Fernando García de Cortázar ha lanzado un reto importante a los católicos de hoy:

“Más que el ruido ante tanta letanía anticlerical, lo que desalienta es el silencio de los católicos, su terror a ser mirados como altaneros residuos del pasado tratando de proteger sus privilegios. El silencio en el lugar donde deberían estar nuestras palabras. Porque no hablamos, en absoluto, de confesionalidad del Estado, sino de saber si le corresponde a este impulsar la indiferencia cultural, el encogimiento de hombros ante el despojo creciente de una civilización, la insensata marginación de todo aquello que refuerza nuestra pertenencia a un universo de valores sobre los que se forjó España y se constituyó la idea y la realidad de Occidente… Hace dos mil años, lo que sucedió en la cruz dejó de ser el dolor inútil y la humillación espantosa de quienes nada tenían. Con esa cruz en la mano, con ese signo iluminando nuestros pueblos y ciudades, nuestras universidades y escuelas, nuestra mente y nuestro corazón, España y Occidente entero adquirieron una identidad liberadora, una confianza en que la bondad no era una determinación natural, sino una decisión inspirada por el espíritu.” (García de Cortázar, 2020:14)

II.- Interpretar los nuevos tiempos: ¿Opción benedictina u opción ignaciana?

Dreher planteó un desafío importante cuando reclamaba “la opción benedictina”. Su propuesta suponía un “repliegue” cultural de los católicos ante la cultura contemporánea caracterizada por una crisis de verdad, la mitificación del deseo y la instalación en un “Deísmo Moralista Terapéutico”. Dreher comparte el diagnóstico de “modernidad líquida” de Bauman y pide tomar conciencia de la situación para “defender” el legado cristiano, y poderlo transmitir con fidelidad a las futuras generaciones. Aunque el contexto social y cultural de las comunidades católicas norteamericanas exijan el planteamiento de una “opción benedictina”, nuestra situación socio-política europea tiene matices diferentes. Incluso el contexto socio-político español es diferente al europeo. La aconfesionalidad de la Constitución española no siempre se interpreta de manera adecuada. No es un debate cerrado y es bueno que conozcamos los presupuestos culturales que acompañan nuestras “opciones”.

Junto a la “opción benedictina” he planteado la necesidad de ofrecer también la “opción ignaciana” que afronta reflexivamente los retos de la modernidad. Considero importante no evitar el diálogo, establecer una relación reflexiva, lo que supone no aceptar acríticamente sus presupuestos y no replegarse a tiempos pre-modernos. De la misma forma que el Concilio Vaticano II realizó un diálogo reflexivo con la modernidad, así debemos situarnos ante un tiempo pos-moderno, tardo-moderno o simplemente un tiempo “nuevo”. La pasión por la verdad y el fortalecimiento cultural de nuestras democracias frágiles no es opcional ante esta novedad.

Traducido como La edad secular, el libro de Charles Taylor, “A secular Age” reclama una relación reflexiva con los procesos de modernización. La modernización puede ser entendida como “urbanización”, “secularización” y “racionalización” que ha llegado por un sistema de ciencía-técnica instando, exigiendo y decretando el “des-encantamiento” del mundo. También se plantea como “privatización” y separación de dimensiones existenciales de la vida: “privado/público”, “estado/religión”. Si a ello añadimos la “globalización” o los retos de la Inteligencia Artificial (IA), el diagnóstico se complica. Nuestro compromiso es inexcusable ante los riesgos de lo que Francisco ha llamado la globalización de la indiferencia. Nuestro compromiso no se concreta de espaldas a estos procesos donde se juega la ética democrática. Siguiendo el debate Habermas/Ratzinger es importante recordar la legitimidad de los cristianos en el fortalecimiento de la democracia:

“Los ciudadanos secularizados… no pueden negar por principio a los conceptos religiosos su potencial de verdad, ni pueden negar a los conciudadanos creyentes su derecho a realizar aportaciones en lenguaje religioso a la discusiones públicas. Es más, una cultura liberal política puede incluso esperar de los ciudadanos seculares que participen en los esfuerzos para traducir aportaciones importantes del lenguaje religioso a un lenguaje asequible para el público en general.” (Habermas, 2006:47)

Nuestro compromiso cívico no es una opción, sino una obligación. Lo es de facto, pero no puede ser instintivo o emotivo, tiene que ser reflexivo, maduro y esperanzador. Es importante promover una participación significativa que no puede ser sólo en términos de “minorías” o “militancias” sino en términos de ciudadanía activa, una ciudadanía cultural e institucionalmente significativa en todos los ámbitos de la vida. Muchos laicos católicos se sienten solos, como francotiradores y últimos mohicanos de una tradición que emocionalmente se repliega. Braceando en aguas de los espacios públicos o administrativos, muchos laicos sienten de cerca el abandono, la soledad y el desamparo eclesial. Tan importante como la mediación individual (sal) es la presencia institucional (salero). No necesitamos un laicado en repliegue, en retirada, a la defensiva y emocionalmente frágil. Necesitamos un laicado con mentalidad de equipo, cívicamente significativo e institucionalmente preparado.

Cuando surge el desánimo y desaliento por voces seculares que reclaman una privatización o deslegitimación de las argumentaciones de los católicos, estamos desconectando y privando a la sociedad de importantes reservas de sentido. La “tolerancia” que nos profesan aquellos que minusvaloran nuestra presencia o la desprecian no puede plantearse en términos de especies biológicas como si fueran especies en vías de extinción, como si sólo valiéramos por nuestro patrimonio museístico o nuestro pasado. Las presencia de los católicos contribuye decisivamente al fortalecimiento de los vínculos sociales y no sólo evita la resignación o derrotismo sino que las instituciones política secularizadas no se disocien del anclaje ético, cultural y teológico de sus fuentes o raíces “pre-políticas” (Domingo, 2020:152)

Vivimos una sociedad que debe afrontar las exigencias de una economía globalizada y grandes cambios demográficos. No queremos una cultura que relega a la esfera privada las convicciones religiosas. Las políticas que privatizan “excluyen el compromiso con la tradición religiosa de Europa, que es muy clara, a pesar de las diversas confesiones, amenazando así a la democracia misma, cuya fuerza depende de los valores que promueve” (Benedicto XVI, 30/3/2006). Cierta intransigencia secular que acompaña iniciativas beligerantemente laicistas es enemiga de la tolerancia democrática y de una sana visión secular del estado y la sociedad (laicidad positiva). Recordemos la necesidad de una “laicidad cooperativa” o de servicio que nos permite pasar de una laicidad de resentimiento y rechazo a una de reconocimiento mutuo y colaboración concorde” (González de Cardedal, p. 138)

La distinción entre “presencia pública” y “presencia política” es importante. Hablamos de actividad y presencia pública cuando nos referimos a los diferentes ámbitos de la vida asociativa, planteados en general como sociedad civil. Hablamos de actividad y presencia política cuando nos referimos a la presencia en partidos “políticos”, en organizaciones donde el poder, la controversia y la disputa por espacios de influencia administrativa es determinante. En la presencia política no cabe la ingenuidad o inocencia con respecto al estado de derecho, la administración de justicia o el ejercicio del poder. Tan importante como la “presencia pública” es la “presencia política”, tan legítima es la una como la otra. Las escuelas de ciudadanía, de las que habló Ángel Herrera siguen siendo una urgencia eclesial. No son únicamente escuelas para la participación ingenua en la sociedad civil sino escuelas para estimular la participación crítica en todas las dimensiones de la vida pública. También la inter-confesional e intra-eclesial.

No estamos ante una alternativa o disyunción entre lo público y lo político, sino ante una diferenciación y vinculación productiva. Nos sitúa en un ámbito “social y público” que, además de ser previo y anterior a “lo político”, le sirve de urdimbre para despertarlo, incentivarlo y alimentarlo, sin confundirse necesariamente con él. Integrando los presupuestos de la filosofía política moderna y liberal donde –además del lógico papel del estado- la sociedad civil desempeña un papel importante.

Ambos tipos de participación están sometidas a un “juicio negativo”. Ante la privatización de los compromisos, se nos invita a la “actividad pública”, para la que se requiere generosidad y desinterés. De ella se alimenta y legitima la “actividad política”. Al incentivar esta participación significativa se rompe una lanza a favor de la actividad pública en general y política en particular cuando se hace de ella una profesión (políticos, funcionarios, magistrados o representantes de entes o instituciones “públicas”). El texto que recoge esta reflexión es el siguiente:

“La vida teologal del cristiano tiene una dimensión social y aun política que nade de la fe…Esta dimensión afecta al ejercicio de las virtudes cristianas o, lo que es lo mismo, al dinamismo de la vida cristiana. Desde esta perspectiva adquiere toda su nobleza y dignidad social y política la caridad. Se trata del amor eficaz a las personas…..La caridad política no suple las deficiencias de la justicia, aunque en ocasiones sea necesario hacerlo. Ni mucho menos se trata de encubrir con una supuesta caridad las injusticias de un orden establecido y asentado en profundas raíces de dominación o explotación. Se trata más bien de un compromiso activo y operante, fruto del amor cristianos……la entrega requiere generosidad y desinterés personal. Cuando falta este espíritu, la posesión del poder puede convertirse en un medio para buscar el propio provecho o la exaltación a costa del verdadero servicio a la comunidad que debe tener siempre la prioridad en cualquier actuación pública. Impera en nuestra sociedad un juicio negativo contra toda actividad pública y aún contra quienes a ella se dedican. Nosotros queremos subrayar aquí la nobleza y dignidad moral de compromiso social y político, y las grandes posibilidades que ofrece para crecer en la fe y en la caridad, en la esperanza y en la fortaleza, en el desprendimiento y en la generosidad: cuando el compromiso social o político es vivido con verdadero espíritu cristiano se convierte en una dura escuela de perfección y en un exigente ejercicio de las virtudes. La dedicación a la vida política debe ser reconocida como una de las más altas posibilidades morales y profesionales del hombre.” (CVP)

Precisamente a esta dignificación de la actividad política dedicó el Papa Francisco la Jornada Mundial de la Paz del pasado año 2020. Desde esta referencia también podemos reivindicar la ejemplaridad en el contexto de una ética pública y global, no podemos limitarnos a denunciar “vicios” sino a reclamar sus “virtudes”:

“Estos vicios, que socavan el ideal de una democracia auténtica, son la vergüenza de la vida pública y ponen en peligro la paz social: la corrupción —en sus múltiples formas de apropiación indebida de bienes públicos o de aprovechamiento de las personas—, la negación del derecho, el incumplimiento de las normas comunitarias, el enriquecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o con el pretexto arbitrario de la “razón de Estado”, la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia y el racismo, el rechazo al cuidado de la Tierra, la explotación ilimitada de los recursos naturales por un beneficio inmediato, el desprecio de los que se han visto obligados a ir al exilio.”

Ante estos vicios emerge la necesidad de una política más auténtica y ejemplar, generadora de confianza y capital social:

“Cada uno puede aportar su propia piedra para la construcción de la casa común. La auténtica vida política, fundada en el derecho y en un diálogo leal entre los protagonistas, se renueva con la convicción de que cada mujer, cada hombre y cada generación encierran en sí mismos una promesa que puede liberar nuevas energías relacionales, intelectuales, culturales y espirituales. Una confianza de ese tipo nunca es fácil de realizar porque las relaciones humanas son complejas. En particular, vivimos en estos tiempos en un clima de desconfianza que echa sus raíces en el miedo al otro o al extraño, en la ansiedad de perder beneficios personales y, lamentablemente, se manifiesta también a nivel político, a través de actitudes de clausura o nacionalismos que ponen en cuestión la fraternidad que tanto necesita nuestro mundo globalizado. Hoy más que nunca, nuestras sociedades necesitan “artesanos de la paz” que puedan ser auténticos mensajeros y testigos de Dios Padre que quiere el bien y la felicidad de la familia humana…. No son aceptables los discursos políticos que tienden a culpabilizar a los migrantes de todos los males ya privar a los pobres de la esperanza.”

Para una iglesia “en salida” es importante articular la dimensión cívica (ciudadanía) con el resto de dimensiones de la vida del creyente. La caridad social y política requiere capacitación de las comunidades laicales para valorar adecuadamente la acción política. Cuando la política tiende a ser desprestigiada, es importante reclamar la virtud y la ejemplaridad, incentivar, acompañar y alimentar la vocación política del laicado. No sólo cuando hay expectativas de poder y se ostentan cargos públicos sino cuando se está en la oposición, son cesados los cargos públicos y son minusvalorados por la opinión pública o la propia clase política. La dimensión política es urgente y necesaria pero insuficiente para el compromiso del cristiano planteado en toda su integridad. Aunque para muchos de nosotros sea una parte importante de nuestra vida, tenemos que reconocer que no lo es todo o no debe ser todo en el conjunto de nuestra existencia. Por mucha importancia que tenga la política en nuestra vida, tenemos que reconocerla como “parte” y no como “todo” en la organización de nuestro proyecto de vida.

Cuando nos planteamos la unidad de acción de los cristianos en la vida política no sería justo buscar la “uniformidad”, ni la homogeneidad en esa “presencia política”. Ante todo buscamos evitar la soledad, el abandono o desamparo de la comunidad eclesial. La incentivación y fortalecimiento de la vocación política de los laicos no puede ser para que se anulen las legítimas diferencias de los partidos sino para que se encuentren raíces ética y se camine hacia el bien común. Es importante reconocer el valor constitutivo del diálogo para articular la pluralidad social en pluralismo político. Este reconocimiento del pluralismo político no puede suponer una indiferencia ante los problemas morales, una resignación ante los conflictos de valores y menos aún una aceptación de cualquier iniciativa o propuesta política. Hay principios innegociables, como reconocía Benedicto XVI el 30 de marzo de 2006:

“Lo que pretende la Iglesia en sus intervenciones en el ámbito público es la defensa y promoción de la dignidad de la persona, por eso presta conscientemente una relación particular a principios que no son negociables. Entre estos, hoy pueden destacarse los siguientes: (a) – protección de la vida, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural, (b) – reconocimiento y promoción de la estructura natural de la familia… (c) – protección del derecho de los padres a educar a sus hijos…. Estos principios no son verdades de fe, aunque reciban de la fe una nueva luz y confirmación. Están inscritos en la misma naturaleza humana y son comunes a toda la humanidad. La acción de la iglesia en su promoción no es de carácter confesional, sino que se dirige a las personas, prescindiendo de su afiliación religiosa… su negación es una grave herida causada a la justicia misma.”

Recordemos que la relación entre razón natural y convicciones religiosas requiere formación, capacidad de análisis y práctica de las virtudes para hacer operativo un discernimiento que técnicamente hoy podemos realizar en términos de “mínimos” y “máximos”. En contextos de ciudadanía democrática nuestra presencia pública y política puede ser enriquecedora. El dinamismo y la vitalidad de los valores democráticos no pueden ser pensados sin la presencia responsablemente solidaria de las diferentes confesiones religiosas. La libertad religiosa tiene una dimensión pública y política sin la cual sería difícil articular en el siglo XXI una ciudadanía democrática avanzada. Las convicciones que alientan, animan y orientan nuestras presencias (pública y política) no son irracionales o arbitrarias por el hecho de ser “religiosas”, proporcionan sentido a la racionalidad de nuestras vidas. No sólo participan de la racionalidad de nuestros argumentos públicos o razones sino que hacen “razonables” nuestras decisiones, contribuyen a que nuestras virtudes visibilicen la búsqueda de la autenticidad que buscamos en la unidad de nuestra vida moral. La formación en estas cuestiones sigue siendo una tarea urgente para conseguir un horizonte de responsabilidad solidaria presidido por el discernimiento entre “mínimos” de justicia exigibles para el bien común y “máximos” de felicidad opcionales legítimos en sociedades abiertas.

III.- Profetas en la era digital: afrontar la globalización de la indiferencia

Los profetas siempre proporcionan ánimo, ilusión y esperanza a los pueblos. Lo hacen desde el realismo. Por eso necesitamos realismo esperanzado, no un simple optimismo ingenuo. A diferencia de otros perfiles públicos instalados en la gestión del presente, los profetas nos dirigen hacia el futuro y contribuyen a mantener la esperanza. Sería bueno recordar ese liderazgo de la esperanza en la organización de las virtudes para saber discernir en el imaginario político las diferentes ideologías y utopías que nos ofrece el nuevo sistema tecno-científico presidido por dos categorías: globalización y digitalización. Un sistema donde a veces confundimos la esperanza cristiana con el optimismo de los avances científico-técnicos y el progresismo de las propuestas socio-políticas. Un sistema seductor que utiliza el trampolín de la investigación científico técnica para fecundar un imaginario cultural de optimismo desmemoriado, ingenua mejora ilimitada y ensoñación poshumanista.

Nuestras iniciativas de participación no pueden fraguarse, transmitirse y analizarse dándole la espalda a los procesos de biomejora y tecnodigitalización. Para ello tenemos que distinguir claramente entre “conexión” y “comunicación”. Tanto nuestros compromisos como nuestros testimonios están mediados por esta dialéctica entre conexión y comunicación. No puede plantearse en términos alternativos o de simplificación. La conexión es una condición necesaria para la comunicación, pero no es una condición suficiente. Urge repensar las teorías y prácticas de la comunicación.

Aunque los ciudadanos estemos más conectados, detectamos un déficit de comunicación en las relaciones sociales. Mientras que la conexión remite a las condiciones técnicas e infraestructura necesaria de los procesos, la comunicación remite al encuentro (y la necesidad de promover una cultura del “encuentro”) entre personas que no sólo son “socios” en la sociedad de la información sino que son “prójimos” en la gestión del sentido de la vida (o su ausencia) en sus prácticas cotidianas (existenciales, sociales, políticas, culturales). La “era de la información” tiene que ser repensada desde una “filosofía de la comunicación” donde la responsabilidad por otro nos lleva a plantear la ética como “filosofía primera”. ¿Dónde está tu hermano?, ¿cómo has dejado a tu hermano?

Además de una formación adecuada para el uso de las redes y los recursos que las TIC nos ofrecen, es importante conocer el funcionamiento y retos de la IA en todos los campos de la nueva evangelización. Además del campo educativo o comunicativo en general, se están planteando retos importantes para la presencia pública: protección de datos, gestión de imágenes, privacidad, intimidad, postverdad, etc. No podemos estar ajenos a estos desafíos. La Iglesia es una fuente importante de datos y por eso en algún momento debemos preguntarnos por la estrategia que aplicamos en nuestra gestión, además el patrimonio eclesial también puede digitalizarse para hacerse más accesible y universal.

De la misma forma que hay desafíos nuevos que proceden del campo de la ecología como la sostenibilidad, el cambio climático, la protección de la naturaleza o la huella ecológica, también hay desafíos nuevos relacionados con los nuevos entornos culturales como la brecha digital, la instrumentalización de los datos y la indiferencia ante la mercantilización/instrumentalización de la posverdad. Sin la promoción de una cultura de la confianza no será posible promover expectativas de esperanza. Por eso me gustaría recordar cinco tareas;

a.- Ante la ingenuidad de nuestra cultura de la participación, la capacitación del laicado en la dialéctica conexión-comunicación, sobre todo ante la fragilidad del sentido, la vulnerabilidad de las ofertas culturales y la debilidad de los vínculos comunitarios.

b.- La clarificación de nuestras actitudes en torno a dos figuras claves de la cultura digital contemporánea: turistas y peregrinos. El “turista” se mueve por una lógica cultural acumulativa y cuantitativa; el “peregrino” se mueve por una lógica cultural experiencial y cualitativa.

c.- La resignificación cultural de términos como “público”, “masas” y “enjambres”. Nuestro compromiso por la verdad no puede estar orientado a la vulgarización, a la masificación, a la atomización o la individualización de las prácticas comunicativas. Para evitar un compromiso de masas (despersonalizador o extimista) no podemos caer en un compromiso de enjambres (atomizador o interiorista).

d.- La pasión intempestiva por la verdad en sociedades que bajo la apariencia de conexión emocional se desentienden de la veracidad en información. La verdad sigue siendo una gran responsabilidad histórica porque en ella nos jugamos la posibilidad de convivir (no sólo sobrevivir o coexistir) en sociedades abiertas. No somos únicamente un manojo de datos sino personas con un fuero interno (conciencia, fuente de actos, manantial de sentido que puede brotar de una vida interior no siempre bien cuidada).

e.- Promover la profesionalización de los servicios sociales para desarrollar una sociedad de los cuidados. Ante la mercantilización o la estatalización, la organizar estable o profesional de los servicios sociales es una tarea básica para promover, con estrategias de trabajo decente, la institucionalización responsable de la solidaridad.

Desde el Vaticano II hasta el Papa Francisco hay aportaciones de la DSI que van en esta dirección. Aquí se sitúan las tareas realizadas para promover valores como la confianza, la transparencia y la búsqueda de la verdad para proteger bienes de las personas como la intimidad, la privacidad y la libertad de conciencia. Incluso lo que Naciones Unidas ha llamado Objetivos para el desarrollo sostenible (ODS). El 27 de septiembre de 2020 el Papa Francisco se dirigía a los participantes en el Seminario sobre el bien común en la era digital con estas palabras:

“Os agradezco que queráis encontraros entre vosotros en un diálogo inclusivo y fecundo, que ayuda a todos a aprender unos de otros y no permita a ninguno encerrarse en sistemas pre-confeccionados….El principal objetivo os habéis fijado es ambicioso: alcanzar criterios y parámetros éticos básicos, capaces dar orientaciones sobre las respuestas a los problemas éticos que plantea el uso generalizado de las tecnologías. Soy consciente de que para vosotros, que representáis tanto la globalización como la especialización del conocimiento, debe ser arduo definir algunos principios esenciales en un lenguaje que sea aceptable y compartido por todos. Sin embargo, no os habéis desanimado en el intento de alcanzar este objetivo, enmarcando el valor ético de las transformaciones en curso también en el contexto de los principios establecidos por los Objetivos de Desarrollo Sostenible definidos por las Naciones Unidas; de hecho, las áreas clave que habéis explorado ciertamente tienen repercusiones inmediatas y concretas en la vida de millones de personas…. Es común la convicción de que la humanidad se enfrenta a desafíos sin precedentes y completamente nuevos. Los nuevos problemas requieren nuevas soluciones: el respeto de los principios y de la tradición, de hecho, debe vivirse siempre con una forma de fidelidad creativa y no de imitaciones rígidas o de reduccionismo obsoleto. Por lo tanto, creo que es digno de elogio que no hayáis tenido miedo de declinar, a veces también de forma precisa, los principios morales tanto teóricos como prácticos, y que los desafíos éticos examinados se hayan enfrentado precisamente en el contexto del concepto de «bien común». El bien común es un bien al que aspiran todas las personas, y no existe un sistema ético digno de ese nombre que no contemple ese bien como uno de sus puntos de referencia esenciales.”

IV.- Sanar personas: generar vida en abundancia

La Exhortación Amoris Laetitia incide en la importancia de la sanación en la vida cotidiana de los cristianos: sanar el orgullo y cultivar la humildad, sanar las heridas de los abandonados, instaurar una cultura del encuentro y luchar por la justicia, sanar las propias heridas, sanar como pedir con insistencia la gracia de perdonar, sanar para favorecer la superación del conflicto.

Tenemos por delante una importante tarea de “personalización”. Entiendo por tal un proceso que evite la mecanización, la masificación, la atomización y la fragmentación individualizante de la acción social. La funcionalización de la vida moderna ha generado procesos donde las personas se confunden con sus roles, usuarios, consumidores, ciudadanos, pacientes, electores, etc… En estos contextos la identidad personal se reduce a la función y se olvida una perspectiva integral de la vida personal, es decir, dejamos de pensar a la persona como presencia comunicada y la pensamos en términos sistémicos. De esta forma, nosotros mismos nos olvidamos de la vida personal como don, proyecto y tarea. Corremos el peligro de culpabilizarnos por nuestra dependencia, vulnerabilidad y fragilidad existencial. Con ello, emergen patologías existenciales que no sólo exigen intervención psicológica, psiquiátrica o médica sino intervención espiritual. Esta convivencia con el sin-sentido, el dolor, el sufrimiento y las enfermedades es más habitual de lo que nos imaginamos y no puede pasarse por alto.

Sanación en todas y cada una de las fases del ciclo vital para incentivar procesos de generatividad narrativa. La funcionalización de los sistemas sociales tiende a segmentar los problemas y las identidades, como si los menores, los adolescentes y los ancianos exigieran estrategias de sanación diferenciadas. La actualidad de los programas intergeneracionales en la acción social ha puesto de manifiesto la necesidad de promover iniciativas que afecten a todo el ciclo vital, que no se reduzcan al ciclo vital de una única etapa de la vida. Estos programas se orientan en términos de aprendizaje compartido y crecimiento mutuo, por ello las crisis de transición se plantean como oportunidades para la maduración y el crecimiento interpersonal. Un crecimiento que requiere un relato, una historia de vida compartida, un proyecto de vida, valores y virtudes compartidas.

Sanación de los más próximos con especial atención al abandono, las crisis de sentido y la soledad. La preocupación por los demás, la promoción de la justicia y la lógica del compromiso socio-político a veces se han planteado en términos estrictamente administrativos; es decir, buscábamos la protección y el reconocimiento de unos derechos determinados a través de las administraciones públicas y los correspondientes servicios sociales. Incluso a veces la institucionalización de la acción socio-caritativa de nuestras comunidades se ha caracterizado por la aplicación de una lógica sistémica y funcionarial. La dimensión caritativa y social de la Iglesia no está para sustituir, completar o competir con los programas de servicios sociales que se trocean, fragmentan y pulverizan las diferentes administraciones públicas. Esta dimensión caritativa tiene una función dinamizadora y activadora de una sociedad civil activa y comprometida. En este tema, está pendiente una importante reflexión sobre las complejas relaciones entre las entidades administrativamente estatales, mercantiles y eclesiales.

Sanación como proyecto cultural de esperanza, salvación y sentido. Además de las dimensiones existenciales o interpersonales, la sanación de personas tiene una dimensión histórica y cultural que a veces se nos olvida. Hemos depositado en empresas, partidos, sindicatos, administraciones y organizaciones cívicas una esperanza que ellos mismos no nos pueden proporcionar. Hay una dimensión de totalización y sentido que no siempre emerge en la lógica sistémica de la acción social. La introducción de la realidad histórica en su conjunto y el papel salvífico (sanador) del cristianismo apenas si forman parte del capital simbólico de nuestras comunidades. Al incidir en la acción, la intervención y la modulación de la historia se nos olvidan dimensiones relacionadas con la escucha atenta, la contemplación, el agradecimiento y la admiración.

Disponemos de un patrimonio cultural inexplotado, inexplorado y desconocido para la gran mayoría de las comunidades cristianas. Damos por supuesto que forma parte de un almacén y que siempre estará disponible. No nos damos cuenta de que ese patrimonio es un legado cuyo valor tiene que ser actualizado por todas y cada una de las generaciones. Además de las tradiciones y la religiosidad popular, el patrimonio cristiano tiene una dimensión cultural y simbólica que apenas si conocemos. En tiempos de transformación de las industrias culturales, tendríamos que preguntarnos qué tipo de cultura estamos consumiendo, produciendo o promocionando. En qué medida la actualización de nuestro patrimonio cultural puede contribuir a fortalecer raíces y vínculos.

V.- Cuidar vínculos: reinventar la familia, el vecindario y la ciudad

Los vínculos se han convertido en un bien escaso que debemos fortalecer. Los vínculos no son únicamente relaciones naturales o involuntarias sino lazos y relaciones familiares, sociales y culturales, es decir, que necesitamos regarlas porque no crecen solas. También afectan a la vida institucional y condicionan la humanización de unas instituciones que corremos el peligro de interpretar en términos puramente mecánicos. Los vínculos o relaciones significativas son el núcleo de la vida institucional y en ellos desempeña un papel fundamental la confianza. A partir de los vínculos establecemos hábitos, reglas y normas que no se mantienen solas o mecánicamente. Son el caldo de cultivo para las virtudes y la búsqueda de la autenticidad. El entramado asociativo y comunitario requiere una rehabilitación de la virtud como categoría que puede personalizar la urdimbre de relaciones de la vida cotidiana. Además de la reivindicación de los valores que animan las instituciones, estas deben ser conocidas, respetadas y, en la medida de lo posible, valoradas.

Cuidar tiene aquí un sentido complejo que no significa solo “mantener”, “proteger” o “fortalecer” sino “nutrir” y “vigilar”. Las instituciones, los vínculos y las relaciones no se mantienen de manera automática, requieren trabajo, esfuerzo y vigilancia. Esto es algo especialmente importante en sociedades no sólo individualizantes, sino atomizadoras y fragmentadoras. Sociedades que, paradójicamente, necesitan de instituciones básicas que no pueden alimentarse de la pura hojarasca cultural hedonista, materialista y utilitarista. Las instituciones de sociedades abiertas y democráticas sólo se mantienen si cuidamos los vínculos como relaciones significativas y generadoras de valor. Además de dedicar tiempo a las relaciones debemos promover un discurso corresponsabilizador de las mismas, y por eso pueden ser importantes las virtudes, no sólo cívicas sino personales y teologales. No basta con actitudes y valores, necesitamos pensar la vida de las instituciones en términos de generatividad narrativa, de crecimiento personal y comunitario.

Cuidar los vínculos es prestar atención a las identidades narrativas y los relatos fundacionales que configuran la expresión de nuestras relaciones. Hoy nos encontramos con identidades fragmentadas y rotas, es decir, con personas que tienen dificultad para encontrar un sentido a su vida y la de los demás. Esta crisis de sentido es especialmente grave en las personas más vulnerables de nuestra sociedad y requiere de nuestras comunidades una atención urgente. La atención y práctica de la misericordia no puede plantearse como una alternativa excluyente a la organización de la justicia social. La soledad es un reto para el laicado en cualquiera de sus expresiones, por ello las estrategias de acompañamiento y ayuda vecinal mutua no son una opción laical sino una obligación eclesial.

Las instituciones necesitan de los carismas, no se cuidan solas y requieren de nuestro vigoroso compromiso responsable. El valor de las instituciones reside en que son cauce para la cooperación social en la consecución de bienes comunes. No podemos resignarnos a que pierdan su valor cuando dejan de servir a los fines para los que nacieron. Muchas instituciones son utilizadas por quienes las secuestran en su propio beneficio y, por tanto, estamos llamados a vigilar y denunciar su instrumentalización. Puede suceder en instituciones eclesiásticas y civiles. Debemos cuidar los vínculos para generar confianza institucional. También llamada “capital social”, la confianza institucional tiene que ser un objetivo central en la vida cristiana. La indiferencia ante la verdad, la complicidad con la mentira, el olvido de la ejemplaridad y la instalación en una cultura de la desconfianza atomizante han contribuido a la desestabilización de las instituciones. Las instituciones son imprescindibles para vivir juntos, colaborar y conseguir fines compartidos. Los vínculos proporcionan estabilidad y seguridad a la existencia en un mundo líquido. Además, sirven de cauce a las interacciones que mantenemos en un mundo complejo y en permanente cambio. Al cuidar los vínculos se amplían las posibilidades de colaboración con aquellos que no están próximos. La confianza institucional permite la colaboración entre personas que no se conocen y facilita una capacidad concertada de actuar comunitariamente. Cuando no se cuidan los vínculos interpersonales todas las instituciones corren el peligro de convertirse en puras organizaciones. Mientras estas últimas se mantienen por el control y la coacción, las instituciones se mantienen por unos vínculos cuidados que se expresan en convicciones responsablemente compartidas.

En el cuidado de los vínculos merece un capítulo especial la familia como institución, no sólo como organización social o agrupación civil. La falta de tiempo y calidad de la convivencia en el hogar contribuye a la desinstitucionalización de la familia. Sin embargo, la solidaridad intergeneracional y el fortalecimiento de los vínculos entre padres e hijos, incluso entre abuelos y nietos, ha sido y sigue siendo hoy el principal dique de contención de la desestructuración social que generan las sucesivas crisis económicas.

También merecen una atención especial las instituciones de la vida democrática. No podemos avergonzarnos de reclamar ejemplaridad en el ejercicio de los cargos públicos y reivindicar los principios de excelencia, mérito y capacidad. La hermenéutica de la continuidad que exige criticar actitudes adanistas. No podemos mantenernos en silencio ante quienes ponen en práctica el mito del buen salvaje cada vez que asumen responsabilidades institucionales. La responsabilidad social es incompatible con el “adanismo” institucional. Frente al sueño de querer vivir sin instituciones aplicando el mito del buen salvaje, debemos interpretar adecuadamente la creatividad humana, vinculándola con la vida disciplinada y la práctica de las virtudes en un horizonte de moral post-convencional. No debemos confundir la creatividad caótica de un niño en su fase motora con la creatividad disciplinada de un adulto con responsabilidades institucionales.

No se lucha mejor contra la pobreza ni se promueve eficazmente la solidaridad legitimando y haciendo culturalmente plausible la mediocridad, la incompetencia, la mala educación y el mal gusto en la vida pública. La aristocracia de espíritu, la excelencia profesional, la sobriedad en las prácticas y la ejemplaridad moral no son categorías ante las que un militante cristiano pueda sentirse indiferente. Los pobres tienen derecho a los mejores profesionales y la excelencia moral no es un ideal burgués o capitalista sino un universal humano de vida digna. Aunque nuestras instituciones son fuertes, lo que tienen de valioso es muy frágil. Cuando las sociedades alcanzan un nivel moral postconvencional (es decir, cuando compartimos una idea de justicia social que no se limita al mantenimiento del orden), las instituciones pueden ser criticadas, reinterpretadas, reformadas y adaptadas ante nuevas situaciones y metas. Lo mismo que las legitima puede servir para criticarlas o mejorarlas. Por eso la profesora Cortina describe esta forma de entender la justicia como una “justicia cordial”.

VI.- Tender puentes: construir espacios de comunicación integral

El puente es una imagen útil para tomar conciencia de nuestra vocación, para analizar la calidad de nuestro discernimiento de los retos y, sobre todo, para potenciar la caridad política. Atendamos a esta imagen para repensar y reconstruir la dimensión socio-política de nuestra fe. El puente nos ayuda a pensar la relación entre conexión y comunicación, entre responsabilidad y solidaridad, entre los mínimos de justicia y los máximos de felicidad, entre lo propio y lo ajeno, entre una confesión religiosa y otra, entre confesiones religiosas y administraciones públicas, incluso entre personas y tradiciones.

Hay un primer puente antropológico, que une nuestras facultades y que nos lleva a no simplificar la reflexión antropológica, educativa y pastoral. Nuestras convicciones tienen una dimensión cognitiva y emocional, ni son ideas puras ni son emociones puras. Nuestras creencias no proceden solo del cerebro, solo del corazón o solo de las manos. El primer puente al que debemos prestar atención es al que mantiene unidas las diferentes dimensiones de nuestra existencia. Hay una tendencia fácil a la simplificación, al reduccionismo y a la abstracción, como si nuestro compromiso social y político por la justicia fuera resultado de un silogismo lógico, como si nuestras acciones fueran resultado de nuestros pensamientos y nos olvidáramos de la interacción generativa entre ambos. Inteligencia emocional, inteligencia sentiente, razón vital o razón cordial, son categorías que describen los puentes en ese nivel existencial o antropológico.

Hay un segundo puente que tiende a olvidarse en el ámbito de la caridad social y política: el puente vecinal o de civilidad. Nuestros vecinos son más que simples ciudadanos y menos que cualificados amigos. Al insistir en la dimensión socio-política de la fe, prestamos más atención a la parte de presencia política o administrativa relacionada con el “poder” o la promoción de la justicia y nos desentendemos de la presencia pública o cívica más inmediata relacionada con el “servicio vecinal”, o simplemente la lógica pre-reflexiva o des-institucionalizada de la ayuda vecinal mutua. Nuestros hogares no pueden ser islas de la sociedad civil o células blindadas en el enjambre digital. La sociedad civil no puede ser un archipiélago de familias o enjambres de progenitores. El bien común de la comunidad política no es el resultado de una negociación, pacto o acuerdo entre dos partes, supone la aparición de un tercer espacio de encuentro y mediación, supone la existencia de espacios significativos que llamamos “hogares”. Un hogar es mucho más que una casa. Precisamente este es el concepto de “espacio de encuentro” del que habla Francisco cuando nos invita a una “cultura del encuentro”, no solo a nivel institucional-político sino también a nivel cívico-informal.

Hay un tercer puente político porque a veces consideramos que nuestras diferencias políticas son insalvables y desde ellas desarrollamos el resto de nuestra vida. Es legítima la presencia política y partidista, lo que nos lleva, con demasiada frecuencia, a olvidarnos de los otros. Un laicado maduro y responsable es aquel que además de promover la presencia política tiende puentes para fortalecer la presencia pública. Y este puente es importante para entender la relación entre los laicos cristianos que tienen visiones diferentes sobre la nación, la patria y las identidades nacionales (o postnacionales). No debemos tener miedo a conocer la historia de nuestros pueblos, nuestras naciones y nuestras patrias. La legitimidad de nuestras diferencias tiene que ser reconstruida y repensada desde la tolerancia, el respeto activo y la humildad de quienes reconocen que pueden no tener razón en sus argumentaciones. La cultura del resentimiento y el odio deberían ser sustituidas por una cultura de la concordia donde la vida eclesial sea una oportunidad para el reconocimiento mutuo, la concordia y la reconciliación. Esta es una tarea laical prioritaria. Este puente de la política tiene una dimensión intergeneracional. En el mensaje con ocasión de la Jornada Mundial de la Paz de 2020 sobre la buena política aparece este puente con dimensión intergeneracional;

“cuando la política se traduce, concretamente, en un estímulo de los jóvenes talentos y de las vocaciones que quieren realizarse, la paz se propaga en las conciencias y sobre los rostros. Se llega a una confianza dinámica, que significa “yo confío en ti y creo contigo” en la posibilidad de trabajar juntos por el bien común. La política favorece la paz si se realiza, por lo tanto, reconociendo los carismas y las capacidades de cada persona.

Hay un cuarto puente intraeclesial relacionado con la fragmentación en la gestión de los sacramentos y la formación de los laicos. Nuestra identidad eclesial aparece fragmentada, segmentada en función de las edades, de las situaciones, de los contextos y de las tradiciones. Faltan puentes entre jóvenes y adultos, entre los grupos de comunión y los de confirmación, entre el voluntariado y la militancia política, entre la espiritualidad y la economía. A veces nuestras comunidades se organizan en términos administrativos y sistémicos como “centros de servicios” que fallan en la conexión y la comunicación.

Hay dos variantes del puente anterior. La primera referida a los grupos de laicos intra-parroquiales. En los ámbitos parroquiales es habitual que convivan diferentes grupos de laicos, es bueno que haya carismas e itinerarios distintos. Sin embargo, no siempre hay una coordinación, formación o un trabajo conjunto porque se organizan aisladamente. Cuando cada grupo laical con su propio carisma encuentra su zona de confort resulta que la comunidad eclesial se presenta fragmentaria y atomizada.

La segunda referida a la relación que mantienen las parroquias con las escuelas católicas, los colegios diocesanos o centros educativos que también promueven la vida cristiana y el compromiso laical. Aunque administrativa y canónicamente la relación esté regulada, en la práctica cotidiana puede mejorarse mucho la comunicación, la coordinación y la voluntad de trabajar conjuntamente comunidades educativas y comunidades parroquiales.

VII.- Conclusión

No vivimos tiempos para el desánimo, la soledad y la resignación ante diagnósticos o lecturas catastrofistas. Nuestra responsabilidad eclesial nos debe impulsar a trabajar codo con codo, laicos y clérigos. Necesitamos un laicado “mayor de edad” que lidera los nuevos tiempos de la nueva iglesia de una manera coordinada, organizada y profética, dispuesto a ser sal, luz y fermento cultural. Estamos llamados a una “responsabilidad responsable”, es decir, una responsabilidad vinculada con el deseo radical de libertad sensata, una responsabilidad donde la obediencia se plantea como “conocimiento de causa”.

La secularización y los procesos de modernización son un reto para promover una ciudadanía activa y significativa. Los cristianos somos actores y autores sociales responsables y no sólo ciudadanos críticos que están a la defensiva o el repliegue en los procesos de modernización. Debemos ser capaces de tener iniciativas, poner en marcha procesos y promover una cultura de la responsabilidad solidaria en todos los niveles de la vida asociativa. Esto exige trabajar para promover una ética renovada donde los valores se encarnen en todas dimensiones de la vida social como ámbito público y pre-político. Ante la tentación de privatización o minusvaloración de las convicciones católicas en el ámbito de las responsabilidades cívicas, ha llegado el momento de legitimar nuestra voz sin complejos no sólo en el mundo de la vida en general (cultura), sino en las instituciones de la vida pública (sociedad civil) y la vida política (estado). Esto significa afrontar la globalización de la indiferencia y responder a unos desafíos que hemos concretado en cuatro frentes:

a.- Comprometernos con la verdad y la libertad en la sociedad de la comunicación,

b.- Sanar personas para generar vida en abundancia,

c.- Cuidar vínculos para reinventar la familia, el vecindario y la justicia cordial,

d.- Tender puentes para construir espacios de comunicación integral

Termino con un texto de Paul Valadier, un jesuita francés que bajo la inspiración de Paul Ricoeur nos propone la siguiente reflexión:

“…cuando las iglesias educan a sus fieles para vivir según el evangelio, los convencen de la fuerza y belleza del mensaje cristiano, les abren al sentido del prójimo o de la solidaridad humana más amplia, realizan un trabajo eminentemente político, porque forman ciudadanos responsables y críticos, inculcándoles un conjunto de convicciones sin las cuales nuestras democracias se derrumbarían….las iglesias deberían tener un papel de refundación simbólica de nuestras democracias, no en el sentido de que deban influenciar directamente sobre el poder o ejercer una presión sino para reestructurar un imaginario colectivo degradado… tienen un eminente papel positivo del lado de las voluntades o de las libertades en formación para desear los valores de la democracia y no abandonarse a la fatalidad. Haciendo esto, ¿no serían fieles al mensaje evangélico que pone al hombre delante de la grandeza propiamente divina de su labor humana, y a la democracia que necesita ciudadanos preocupados por el bien de todos y conscientes de nuestro destino común?… los valores democráticos no son extraños a la herencia cristiana, las iglesias no deberían tener ningún complejo al tomar parte plenamente en el juego democrático. E incluso cuanto más conscientes sean de las amenazas que afectan a los valores democráticos, más deberían ingeniárselas para insuflarles un nuevo aliento.” (Valadier, 2005:58)

Bibliografía

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GARCÍA DE CORTAZAR, F.; (2020), Católicos en tiempos de más confusión. Madrid. Encuentro.

GONZÁLEZ DE CARDEDAL, O.;

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HABERMAS, J. – RATZINGER, J.; (2006), Dialéctica de la secularización. Sobre la razón y la religión. Madrid. Encuentro. Versión M. Jiménez, Introd, de L. Rodríguez.

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